Aunque tengo muchos recuerdos de infancia del papá, hay uno particularmente fuerte y (finalmente) doloroso.
Creo que yo tenía siete años cuando el papá me llevó a un paseo raro: subimos las escaleras de un edificio viejo y llegamos a la puerta de un apartamento de donde salió una señora y una muchacha muy joven. La señora me miró con atención. No recuerdo mucho más, pero recuerdo que el papá al salir me preguntó si me había parecido bonita la muchacha y yo le dije que sí. Efectivamente me había parecido muy bonita. Un tiempo después encontré a mi mamá llorando y le pregunté por qué lloraba y me contestó: “porque tu papá quiere a otra mujer”. No pregunté más, pero poco a poco fui asociando esos dos hechos. Mucho después, ya en Colombia, unos años antes de morirse, el papá me habló de Verónica.
Entre otras cosas, me dijo que él se había enamorado de Verónica y que en algún momento tuvo que decidir entre organizarse con ella o seguir con nosotros. Verónica quería organizar su vida y, según parece, después de mantener una relación amorosa de años, le dijo que se iba a casar, le dio la fecha y hora de la ceremonia, y le dijo que si él llegaba en el momento del matrimonio y le decía que prefería estar con ella, dejaba a su futuro marido y se iba con él. Me contó el papá que ese día decidió emborracharse hasta perder la conciencia, para no tener la tentación de llegar a la ceremonia. Sin embargo, creo que hubo algo adicional a la borrachera que le ayudó a “soportar la tentación”: el contexto social y político chileno en el que el papá se había vuelto ya un actor bastante ocupado y que absorbió finalmente todo su tiempo, su inteligencia y sus esfuerzos.
Este proceso fue algo decisivo en la vida del papá, en la vida de mi mamá y de los hermanos hijos de ambos. Pero eso que pasó definió también la misma venida al mundo de los tres menores, que nacieron después del golpe militar. Por eso le quiero dedicar un tiempo a contarle especialmente a los menores, pero también a los demás (porque estaban muy niños para captar bien lo que pasaba), lo que yo sé de ese proceso y de la participación del papá ahí. Es una historia larga y necesito pensar un poco las cosas, así es que no empiezo todavía.
En cambio, sí puedo hablar un poco más de Verónica.
Hace unos años recibí un correo electrónico de una mujer preguntando si yo era Jaime Sepúlveda, colombiano que había estado en Chile en la época de Allende, o que si sería “un alcance de nombre”. Yo lo respondí diciendo que quizás se trataría de mi papá, y le dí el correo de él. Después me enteré que o era Verónica o era alguna persona cercana que finalmente los terminó poniendo en contacto.
Aunque no hablamos mucho al respecto, varias veces el papá me hizo comentarios sobre su reencuentro con Verónica. Fue para ellos un regreso a la juventud. La reaparición del papá produjo en Verónica una crisis familiar que terminó en su separación y en la posibilidad real de que se fuera a vivir con el papá. Varias veces el papá me hizo comentarios respecto al peso y a las consecuencias de diverso tipo que esa decisión podría tener. Lo pensó muy en serio: ahora podía explorar el camino amoroso al que renunció en la época de Allende. Se encontró varias veces con ella, en Argentina y en Chile, y la trajo a Colombia y la presentó a sus amigos (y a mí). Estuvieron en Ecuador y en Brasil. Posteriormente planearon una excursión a la India que el papá tuvo que cancelar por problemas de última hora y al momento de su muerte tenían comprado un pasaje al África.
De acuerdo a lo que puedo interpretar de los comentarios del papá, ellos finalmente no se fueron a vivir juntos por las dudas y vacilaciones de él. Verónica habría esperado una actitud decidida de compromiso y entrega de parte de él, y cuando él vaciló, ella comenzó a retroceder. Las razones de sus vacilaciones fueron de diverso tipo. Para el papá establecer una relación de compromiso y fidelidad era de cierta forma renunciar a su libertad y autonomía, que para él eran fundamentales. Y esa libertad se afirmaba entre otras cosas en la posibilidad real de establecer relaciones amorosas con otras mujeres. Por otro lado él estableció unos vínculos muy fuertes e importantes para él con sus hijos, y una relación de entrega con Verónica habría implicado poner algo de distancia en este vínculo. Además, una convivencia con Verónica en Armenia habría significado, por una parte, una responsabilidad grande de él de sacarla de su entorno y seguramente la obligación de dejarle su pensión. Al respecto me dijo muchas veces que quien tenía derecho a su pensión era la persona que lo había apoyado durante treinta años, sin condiciones ni límites —mi mamá—, y no quería que hubiera riesgo de que ella la perdiera. Pensaba en otras formas de cuidar por el futuro económico de Verónica en caso de vivir juntos (algún seguro, etc.), pero no encontraba algo muy contundente.
Parte de lo que constituye la libertad real es tener varias opciones verdaderamente distintas en cada momento de la vida y el papá procuraba siempre tener un buen número de posibilidades a la mano. Yo creo que él jamás descartó la posibilidad de convivir con Verónica: en Chile (para no arriesgar el derecho de mi mamá a su pensión en Colombia y renunciando a vivir en un entorno de “tentaciones amorosas”), en unos años. Verónica volvió con su marido pero eso no impidió su contacto con el papá ni como dije su plan de ir juntos al África este año.
Después de la muerte del papá tuve un intercambio epistolar con Verónica y me contó algo de su historia. Entre otras, sobre cómo conoció al papá:
Esta historia comenzó un día 14 de Agosto de 1966, yo estaba terminando la secundaria en Chile y Jaime era profesor en la Universidad, tenía 31 años. Yo fui a unas charlas que el daba en Extensión Universitaria sobre filosofía, yo iba con un amigo Elías Tuma que Jaime debe recordarse de él, ahora es profesor en la Universidad Tecnica Santa María de Valparaiso. Al principio para mi no fue nada especial pero se ve como dicen en Chile el me echó el ojo, o sea le gusté.
Yo necesitaba hacer un trabajo sobre marxismo y le pregunté, me citó a un lugar donde daban clases en las Torres de Tajamar, y ahí en un momento con "la chiva" de que tenía una mugre en el ojo me dio un beso.
Salimos de allí y charlamos yo le pregunté su estado civil y me dijo casado pero separado, yo le dije para mi un hombre casado es un hombre muerto, pero como dicen que la boca castiga me enamoré perdidamente de el, al igual que el de mi.
Y también sobre el último año:
Nuestro último encuentro fue en noviembre del año pasado, estuvimos en Los Glaciares, y a pesar de los años que habían pasado y que ya algunos problemillas habían surgido, fue una luna de miel, el renacía como el ave fenix, y volvia a ser joven "arrecho" creo que era la palabra que usaba el, y volviamos ambos a los 20 y 30 o a los años 70.
Estaba maravillado con Los Glaciares, parecía un niño chico. Claro que le gustaba comer de todo y ese era un motivo de problemas porque me decía "mijita o mija dejame que yo se", yo le decía no quiero que te mueras por eso te cuido con las comidas, pero era dificil.
Nuestra relación a pesar de los altibajos del ultimo tiempo, porque yo decidi arreglarme con mi marido porque necesito un compañero con quien compartir cuando me acuesto, por la mañana, y quien mejor que el padre de mis hijos. Jaime siempre me decía yo me voy a morir luego y no quiero que te quedes sola. Creo que tenía razón. Además el tenía mucho miedo a la convivencia, el estaba separado hace 20 años viviendo solo y es dificil la convivencia. Quizás si nos hubiésemos juntado al principio hubiésemos fracasado y en estos momentos no tendría los maravillosos recuerdos que ahora tengo.
Pero a pesar de todo yo había decidido seguir charlando con el y hasta el ultimo momento mientras estuvo en Colombia teníamos interminables charlas, en las cuales no faltaba la linea hot, ya que para el, escuchar mi voz era una incitación al pecado, y disfrutaba de eso, lo cual me tiene muy contenta ahora, murió sabiendo que yo lo amaba, que viajaríamos juntos y que lo nuestro solo terminaría con la muerte.
Bueno que mas queda, quizás mucho por contar, nuestra pelicula favorita "Los puentes de Madison" y el libro favorito "El amor en tiempo del colera", y la musica que nos gustaba a ambos. Hacer crucigramas en la cama.
Aunque no pertenece a esta narración, creo que debo decir que cuando niño supe de Verónica sin saber que era ella, en la forma de roces y problemas de pareja de mis padres antes del golpe militar. Es un recuerdo doloroso. Y sin embargo fue una relación de amor y no significó que mis padres dejaran de quererse. Para mí fue un problema importante para pensar: ¿por qué el amor tenía que generar dolor? ¿por qué tenía que erosionar, resentir, dejar heridas abiertas? Al principio sentí que en realidad (en el mundo) no existía el amor de verdad; algo así como que el pretendido amor era un instrumento para obtener algo, para posar, para engañar. Que en realidad lo que uno buscaba era el placer, el poder, etc. Después me fui dando cuenta de que el amor sí estaba allí, detrás del dolor y la agresión, del poder y el interés. A veces como perro apaleado. Y en este lugar tendría que venir una disquisición sobre cuál es la sociedad en la que vivimos, qué tipo de relaciones familiares la sostienen, y qué ecosistema se desarrolla para la supervivencia o extinción del amor, etc. Es decir, hasta aquí llega este episodio.
1 comentario:
Me gusta lo que has escrito. Por lo menos, yo si visito este blog por lo que dice sobre mi abuelo.
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