domingo, 16 de septiembre de 2007

Continuación

Hace tres semanas terminamos de clasificar papelitos. La tarea que viene es leerlos y comparar con lo que ya está digitado en el computador. Lo que esté digitado se puede botar. Lo otro hay que establecer hasta dónde vale la pena mecanografiarlo para dejarlo a disposición de otras personas: tiene que tener ideas completas, tiene que ser algo más que un apunte para botar. El papá tomaba muchos apuntes para sus clases que luego botaba o dejaba por ahí. Será un tarea un poco dispendiosa.

Además estuvimos pasando los discos compactos del papá a formato mp3.

El trabajo va en la mitad. Trataré de hacer un índice de esa música, que es básicamente música clásica, boleros, jazz, bailable y “varios”. Quedará a disposición de todo interesado.


He estado muy triste hoy. Papá sufre mucho. No come casi nada y parece que el esfuerzo que hizo al levantarse lo debilitó mucho. Se antoja por alguna cosa especial y cuando se la preparan no puede pasarla. Ayer quiso comer frisoles con pata de chancho; se las preparó mámá, pero no pudo comerlos. Antes había sido un caldo de cola. Lo más doloroso es que sabe que se muere. El médico le dijo: “llegará el día en que no pueda comer absolutamente nada. Entonces habrá que abrirle un orificio en el estómago (o cerca de él) para alimentarlo. Pero su estado diabético impide una operación, pues le entraría inmediatamente la gangrena. Lo más seguro sería que muriese en la operación”. Él le pidió al médico que le pusiese algo para morir más rápido. El médico le dijo que sólo Dios podía disponer de la vida de un hombre y le dio consejos para fortalecerlo. Claro que ésto sólo mamá lo sabe. Delante de nosotros muestra tranquilidad y ánimo. Yo no sé cómo alegrarle la vida. Creo que a un hombre que espera la muerte nada puede alegrarlo. Tal vez el único consuelo que pueda quedarme es que “vivió” 73 años. En cambio Dianelita, que apenas empezaba a vivir y tenía hijos pequeños, murió quizás entre más sufrimientos. Pero papá sabe que muere; eso es lo terrible. Dianelita parecía no saberlo. La vida de papá ha sido movida y llena de experiencias vitales. Creo que ha sido una vida completa, amasada con virtudes, vicios y sufrimientos. ¡Pero a pesar de tantos razonamientos, el corazón me duele profundamente! Lo único que pienso es que vuelve a la nada, como volveremos todos.


Bogotá, 26 de julio de 1960

Mi amor: No te había escrito antes porque viajé al Quindío.

Me fui de Bogotá en bus, que cobra 11 pesos colombianos. El viaje para mi no fue pesado. Al contrario, constituyó una experiencia maravillosa. Bogotá está situada en una elevadísima meseta; por eso el frío es constante durante todo el año. Cuando uno sale del área urbana empieza el descenso, pasando por una cantidad de pueblitos pintorescos y bellos. La carretera labrada en roca en muchas partes, serpentea orillando abismos insondables que le ponen a uno los pelos de punta. Uno va rodeando montañas y montañas de la cordillera central, viendo paisajes hermosos y sintiendo la grandeza abrumadora de la naturaleza. Sin embargo, el tímido cordón de asfalto que se abre paso entre montes y precipicios, como una rúbrica del hombre sobre una página colosal, calman el ánimo del viajero dándole una grata sensación de seguridad. Después de tres o cuatro horas de descenso llega uno a los llanos del Tolima, fértil departamento azotado por la violencia. Gente buena y calmada; tamales deliciosos; quesos esquisitos, en este granero colombiano. Pasé por Ibagué, donde hace poco se realizó un carnavel folclórico. Aún mostraba restos de su atavío fiestero. (Antes había cruzado Girardot, sobre las aguas del río Magdalena, río inspirador de esa canción: “Río, río, devolvedme el amor mío”). Después de cruzar los valles del Tolima, al entrar a Caldas, empieza de nuevo el titánico descenso por faldas cordilleranas. Rodeando el helado páramo del Tolima (así lo llamé), a 3.200 kilómetros de altura, penetramos en Caldas. Montañas y montañas. De pronto allá, muy abajo una profundidad: la hoya del Quindío. Cuando alcancé a divisar a Calarcá y Armenia sentí que retornaba a la niñez.

Bueno, mi amor, después sigo contándote mis impresiones, pues papá me apura a salir.


Bogotá, 27 de julio de 1960

Elianita: Tú puedes imaginarte fácilmente las emociones despertadas en mi espíritu, al divisar desde las altas montañas la hoya del Quindío. Poco a poco nos acercábamos y veíamos con más claridad las casas blancas de Armenia y Calarcá. Cuando chico muchas veces fui a Calarcá, a vender “El Comercio” o simplemente de paseo, y ahora iba, once años después, como un sentimental que deseaba alimentarse de recuerdos. La misma plaza, las mismas casas, la misma gente buena. Parece increíble que de estos buenos hombres hayan salido asesinos cargados de odio.

La impresión, el sentimiento que me envolvió como vapor sutil, mezcla de remembranzas, de íntimas apetencias, me nublaba los ojos, entorpecía los sentidos, trasladándome a mis días de infancia. Cuando, ya sereno, pude pensar prácticamente, me fui a casa de Alberto, donde fui muy bien recibido. Ligia es tan simpática y buena que uno olvida pronto su falta de belleza, para pensar en su nobleza de carácter. A la media hora de haber llegado, tenía la impresión de conocerla desde hacía mucho tiempo. Tal fue la confianza que me inspiró. Con ellos salí y conocí Calarcá. ¡Qué pueblo más encantador! Los paisajes cordilleranos que lo rodean, los cafetales y platanales, el río, los habitantes, hacen que la estadía se transforme en un sueño encantador.

Días después fui a Armenia. Cuando subí al automóvil, sentí una confusa inquietud. Por la carretera, rodeada de cafetales y arboledas nos acercábamos a la ciudad milagro. Atravesamos el río Quindío y ya empezamos a ver los caseríos. ¡Los mismos de hace once años! Armenia no ha cambiado mucho. Me bajé en la plaza de Bolívar y tomé tinto en el “Caucaya”. Ahí estaba la misma catedral donde me bautizaron. Donde debia estar la casa en que nací, en la 21 frente a la plaza (no sé el número de esa calle), haciendo esquina, había un sitio vacío. Allí fue donde papá puso el Hotel Internacional.

Bajé por la 21. Vi el teatro Yanuba donde iba de chico, y el café El Prado, donde los novios o admiradores de Dianelita nos invitaban a tomar refrescos. Siguiendo por dicha calle llegué a la carrera 19 y allí divisé las casas en que transcurrió mi niñez. ¡Las mismas casas, aunque más viejas y feas! Todo igual que en ese mes de fines del 48, en que papá tuvo que huir para salvar su vida. Allí, en ese momento, sentí que ese mundo maravilloso de hadas y vaqueros, de supermanes y tarzanes, de los Tres Mosqueteros y Sandokán, magnífico y pleno de promesas, se había desvanecido: quedaba la vida dura, quedaba la eterna angustia. Con un sentimiento nostálgico recorrí esa casa vieja y sucia. Estuve en mi pieza, rincón que una vez poblé de sueños. Me asomé al zarzo, donde las sombras y telarañas fueron tantas veces cómplices de mis pequeños delitos, lectura de cuentos, capeo de clases, regreso de salidas nocturnas. Ese zarzo, colmado por un aire de aventura en pretéritos tiempos, me pareció ahora sucio y peligroso. Para convertir este ambiente deprimente en el antiguo: luminoso y bello, me hacía falta esa varita mágica que perdí para siempre: la niñez.

Luego visité a mis parientes pobres y acomodados llevándoles algunos regalitos. Estuvieron felices de verme y abrazarme. Sólo me faltaba encontrar a Norvey, mi amigo de infancia. Fui a su casa y me dijeron que estaba en Popayán y regresaría dentro de la semana, pero no sabían el día. Al día siguiente en la noche, andaba con mi prima visitando la Iglesia del Corazón de Jesús donde hice mi primera comunión; el Rufino, colegio en que estudié un año, cuando de repente nos encontramos. Al principio no lo reconocí. Después pude darme cuenta de que había cambiado poco. ¿Qué me sucedería?

Estuve con él. Fue atento y cariñoso. Sigue con el mismo espíritu aventurero y loco de la niñez. Me mostró un álbum con cientos de fotografías: en el páramo; en el Magdalena; en los Llanos Orientales; en la selva; en fin, en muchas partes de Colombia. La ha recorrido mucho y la conoce bien. Sin embargo, la admiración que antes sentía por él no pude revivirla. Me parece que es otro. La causa, no la sé.

Esta es la historia de mi viaje a Armenia: admiración ante los bellos paisajes, ante la grandeza de la natura; afecto por esas bellas ciudades del Quindío, donde la vida puede ser placentera; añoranza de ese universo encantador de la infancia.

El regreso a Bogotá, tan bello y rico en experiencias como la salida.

Ahora sí puedo extenderme sobre algo que sé te interesa: la familia de Eudel. Fui a visitarlos en cuanto llegué a Calarcá, pero no estaban; habían ido a Armenia. Al día siguiente me puse en contacto con ellos. ¡Qué familia más encantadora! La madre de Eudel es tan bella y tan buena, que sólo puedo alabarla comparándola con la mía. Su hermana, cortés y simpática, es un encanto y su hermano mayor un dechado de sencillez, amabilidad y franqueza. Me atendieron tan bien que me sentí como un duque o un ministro. La madre de Eudel hizo buñuelos, natilla, sancocho, arepas, chocolate, etc., para darme a probar las comidas vernáculas. De más está decirte que me comía todo con voracidad. Estaban agradecidos con nosotros por haberle dado a Eudel ambiente de hogar en nuestra casa. Yo les dije que nosotros éramos los agradecidos, pues Eudel en gran parte había hecho posible mi venida, y había siempre mostrado gran espíritu de cooperación con nosotros.


He puesto estos fragmentos de cartas del papá, porque dan una idea de cómo era él a los 25 años. Además da un visión subjetiva de cómo era Colombia en 1960. Casi no menciona la violencia, que por esa época arrasaba en el Quindío. Cumplía cuatro años de casado, creo que aún no había empezado filosofía y se enrumbaba hacia organizar su vida adulta (económica) en Chile. Llegó Gonzalo y luego Álvaro. Hay muchas anécdotas de esa época. Pero las cosas que empezaban a fraguarse en Chile en esa época le iban a cambiar la vida. También cambiaron nuestra vida y llamaron a este mundo a Andrés, Humberto y Diego.

Quisiera más adelante hablar de la época de Allende. Gonzalo y Álvaro estaban muy pequeños para captar lo que pasaba. Andrés, Humberto y Diego deberían saber algo de unas circunstancias decisivas en la vida del papá.

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