martes, 28 de agosto de 2007

Algunos de aquellos papelitos

(Julio de 1960)

Ya en mi patria, con los pulmones llenos del aire colombiano; con los ojos colmados del verde tropical de mis praderas; con los oidos atentos a captar las alegres melodías de mi tierra, te escribo.

En mi sangre se ha consumado una transformación. Se ha vuelto tropical y poética. Sentimientos encontrados se han separado para dejar pasar una certeza. Soy colombiano y sólo Colombia hace vibrar mi espíritu elevándolo a dimensiones de orgullo.

Sin embargo ese reino de la hospitalidad y el vino; de la amistad como culto; del amor continuado, siempre será mi patria.

(...)

Cuando aterrizamos en Bogotá tuve una impresión inolvidable. En Aeropuerto Internacional “El Dorado” es algo magnífico. Ni en cine he visto algo igual. En Colombia dicen que el mejor aeropuerto de América. Mientras el taxi corría hacia el centro me maravillé con la ciudad. Yo me imaginaba a Bogotá pequeña y es inmensa. Es tan hermosa: edificios modernos, amplas avenidas, lujosos hoteles, plazas bellísimas. Los lugares históricos son muchos. Los alrededores encantadores. Todavía no conozco la Catedral de Sal, ni el Salto del Tequendama. Tampoco he visitado la Quinta de Bolívar. Indudablemente es más hermosa que Santiago y Lima.

Sin embargo mi alegría terminó al llegar a casa. Al subir la escalera vi a mamá. Estaba delgada y pálida, con las huellas del sufrimiento en el rostro. Cuando me vio, sus ojos tristes se iluminaron, me abrazó llorando y diciendo: ¡qué felicidad, Dios mío! Después se puso feliz a contar a todos que yo era el hijo de Chile que venía a verlos.

Cuando entré a la pieza en que viven, vi a papá. Está tan flaco que los huesos se notan bajo la piel suelta; canoso y arrugado. Sus ojos cansados se alegraron cuando me vio. Me arrojé sobre él y lo abracé y besé; se animó mucho con mi llegada y se le salieron algunas lágrimas. Desde que está tan grave se ha puesto sentimental: oye música de hace 20 años y rememora su juventud.

La pieza en que viven es muy grande. Cuando papá estaba bien hizo unas divisiones tan funcionales que están mejor quizás que nosotros en ese apartamento. Y mamá mantiene todo brillante y ordenado. Comen, como nosotros, modestamente, aunque no faltan la leche y los huevos.

Las casas de Armenia producen setecientos pesos colombianos, de los cuales hay que abonar trescientos por pavimentación y derecho a valorización. Les quedan cuatrocientos pesos con los que no se vive a pesar de lo barato que es todo. Armando paga la mitad del arriendo y come a la carta en restaurantes económicos. Les hace regalitos y los mimosea mucho. Sin embargo el trabajo se termina el 15 de julio, pues por una tontería que cometió el contador jefe, los mocharon a todos. Yo no sé cómo van a arreglárselas después.

(...)

Papá vive solo por su orgullo. Se niega a doblar la cerviz bajo los golpes continuados que le asesta la muerte. Un hombre enamorado de la vida, tendido en la cama, con las horas contadas, esforzándose en zafarse del abrazo mortal. Los médicos están atónitos, pasmados. No se explican cómo sobrevivió al coma diabético, contra todas las leyes naturales. Pero el golpe que no logró matarlo lo dejó postrado. Entonces llega el segundo, más fuerte y traicionero: un carcinoma esofágico.

Papá resiste mucho. Esconde su angustia y se niega a morir; el médico ha dicho que poco a poco, como se extingue una vela, gastará sus grasas de reserva y un día se apagará. Su vida torbellinezca y trafagosa volverá a los dominios del no-ser.

Alza tu mano melodiosa

y dibuja en el aire los signos

de la muerte:

el signo claro y sencillo

de la rosa muerta

y el signo tenebroso de un hombre

muerto en paz con Dios y con su muerte.


La muerte de un niño es dulce,

la muerte de un perro es dulce,

la muerte de un grito, de una

abeja es dulce,

pero la muerte de un hombre

es amarga y misteriosa

(Guillermo Sepúlveda)


Continuaré esta transcripción en un par de días.

Se trata de unas cartas que el papá escribió a mi mamá en su primer regreso a Colombia, para llevar al abuelo a Chile.

Tenía 25 años. Estaba estudiando filosofía en la Universidad de Chile. Yo tenía un año y medio. Recuerdo entre brumas y misterios que fuimos a dejar al papá a otra ciudad (Valparaíso) y que él se iba. Es (creo) mi primer recuerdo.

miércoles, 15 de agosto de 2007

La Biblioteca (Desde la habitación de Jaime)


Papelitos y papelitos

El fin de semana pasado me dediqué a clasificar los libros del papá y a buscar entre sus papeles. Mi primer objetivo era (y es, porque el trabajo recién empieza) establecer qué dejó manuscrito que no haya sido digitado, para luego leerlo y decidir si vale la pena ponerlo en el computador y hacerlo circular. También quería ver si hay papeles que pertenezcan a otras personas para devolverlos, si hay facturas o documentos de sus pertenencias, que permitan determinar su valor, si hay fotografías o impresos que puedan tener alguna significación especial para otras personas, etc. Además, ver qué libros hay para establecer posteriormente su destino final.

Buena parte de sus apuntes están en letra de Cielo, quien fue también quien digitó sus últimos resúmenes y esquemas de trabajo. La colaboración entre ellos es antigua y en algún momento dio origen a un libro sobre la calidad de vida de los viejos en Armenia. Cielo se ofreció a ayudarme a clasificar esos innumerables papelitos sueltos y a establecer si ya habían sido digitados. Aunque queda mucho trabajo por delante, avanzamos algo este fin de semana.

Aproveché también para separar mis libros. Cuando estuve viviendo con el papá el 97 llevé mis libros y los puse en su biblioteca y cuando me devolví a Bogotá dejé una buena parte.

Los libros del papá pueden clasificarse por épocas. La primera es su época de estudiante en Chile y los primeros años de profesor (hasta el 70). Aunque se han perdido muchos (especialmente en la modalidad de préstamo sin devolución por olvido), hay unos cuantos libros caros, enciclopédicos, pesados, y otros de trabajo. Casi todos de filosofía, aunque también hay algunos de ciencias.

De su época de Chile también hay muchas ediciones baratas de Editorial Quimantú y otras editoriales, sobre política y también de literatura, que corresponden más al período 70-73.

Luego vienen los libros que compró cuando se radicó en Colombia, que son principalmente de marxismo y de ciencia ficción. Yo diría que son del 73 hasta el 78 más o menos.

Después viene la época de los libros de historia de Colombia, que fue la época que desembocaría en su libro sobre la creación del Departamento y que pasó por un par de artículos publicados en la revista Cuadernos Interdisciplinarios. Esta época es una evolución de su época anterior. En Colombia el debate marxista desembocó, por un lado en el desarrollo de algunas propuestas políticas y por el otro en la profundización en el estudio de la historia nacional. Estos académicos militantes en su juventud son ahora los más destacados historiadores e incluso prestantes funcionarios públicos. Esta época dura hasta principios de la década del ochenta, cuando viajó a Estados Unidos a hacer su doctorado. Aquí también hay un par de colecciones de literatura (latinoamericana y colombiana).

La siguiente época de sus libros es la de ciencias políticas, estadística, sociología, etc. Varios de ellos están en inglés.

Cuando se doctoró, con otros profesores de la universidad trataron de sembrar lo aprendido como un impulso a la investigación en la Universidad del Quindío. Esta fue una época de libros de metodología, epistemología, filosofía de la ciencia, etc. En algún momento el papá pudo decir con absoluta certeza: yo soy el que más sabe en el Quindío sobre investigación.

La época final es de nuevos libros de filosofía. Hegel, Kant, Marx, ética. También hay aquí libros de los últimos autores de moda en literatura.

En resumen, descubrí que los libros del papá se pueden clasificar según sus épocas intelectuales, que están definidas por la academia, la política y el disfrute. No todos los libros se puede clasificar de acuerdo a estas épocas. Pero da una idea de lo que se puede encontrar ahí.

Todavía no hemos definido una distribución de los libros (y cuánto quisiera que no se hiciera, o sea, que esos libros continuaran siendo una sola colección). Pero si hay aquí libros de interés para algunos, cada uno de esos libros seguramente es un punto de encuentro con el papá, con lo que él fue y pensó. No pienso hacer un listado exhaustivo, pero ahí están los temas. Si alguien quiere mayor información sobre algún grupo de libros, estaré a disposición.

La habitación de Jaime se encuentra en: http://sepulveda-pantagruel.blogspot.com/

jueves, 2 de agosto de 2007

La Unión

La unión hace la fuerza. (Alvaro, Andrés, Diego, Gonzalo, Jaime, Humberto)