Un acercamiento al tema podría realizarse desde el análisis político, que además podría incorporar consideraciones económicas, sociales, jurídicas… En realidad, cualquiera de una infinidad de enfoques posibles hablaría de una muy intensa experiencia colectiva de hombres concretos.
Se trata además de una experiencia de fuerte confrontación. Un recuerdo que tengo grabado de cuando tenía cinco años es de una propaganda radial: “Chileno: si no quieres que un soldado rojo golpee tu puerta, vota por Frei”. Otra cuña decía: “Chileno: si no quieres ver tanques rojos frente a La Moneda, vota por Frei” (qué ironía). He visto más recientemente propaganda impresa de esa época que advertía a los padres del peligro inminente de que les quitaran sus hijos y los enviaran a Cuba. Estos son sólo pequeños antecedentes de la batalla campal que se desencadenaría unos años más tarde, no sólo en el terreno de los medios de comunicación. También hace poco leía que quien financió esta campaña publicitaria de “prevención del comunismo” fue el gobierno estadounidense, a través de unas organizaciones alemanas. Después la intervención sería más directa. Aunque la izquierda no tuvo tan franco acceso a los medios de comunicación, no fue menos radical.
Seguramente para Nixon, Kissinger y su equipo, se trataba del peligro de que el comunismo comenzara a extenderse en el Continente. Para la izquierda era la posibilidad de comenzar a construir una sociedad socialista. Por otro lado, para los sectores pudientes en Chile se trataba de una verdadera catástrofe que sólo comenzaba con la estatización de las 91empresas más significativas, de la banca, con la nacionalización de la minería del cobre y de las empresas de comunicaciones. Para las clases medias era la conmoción de su estilo de vida y la eliminación de sus posibilidades de ascenso social. Pero para los más pobres era convertirse en sujetos, en dueños del destino del país. Y esto rompió la inercia social y política, y llamó a todo el mundo a concentrarse en lo que pasaba y a actuar de acuerdo a sus convicciones.
La definición desde la etimología de “democracia” es “gobierno del pueblo”, o sea, de la mayoría. Precisamente Aristóteles se manifestaba contra esta idea, en cuanto los pobres son mayoría y un gobierno de los pobres pasará sistemáticamente por encima de un pequeño sector de la sociedad: los ricos. La desigualdad entre ricos y pobres hará que en un sistema democrático se produzca permanentemente la opresión de un sector social por parte de otro y la inestabilidad correspondiente. Mirando las cosas desde la actualidad, habría que sospechar del carácter democrático de nuestras sociedades: los pobres son una mayoría abrumadora y sin embargo las decisiones que se toman desde el gobierno son para fortalecer un orden que afirma y profundiza la desigualdad económica (y a través de ella, la impresionante desigualdad en todos los planos de la vida social).
Yo creo que una sociedad verdaderamente democrática convertiría en sujetos a todos sus ciudadanos. Buscaría incansablemente los canales para su participación en todas las decisiones que les incumban, en todos los terrenos en los que ellos sientan que pueden hablar con propiedad y responsabilidad. Y en nuestras sociedades eso implicaría que particularmente los más pobres se convirtieran en sujetos.
Todo esto lo digo porque creo que este asunto está en el centro del proceso de la Unidad Popular en Chile y del gobierno de Allende, pero también en lo que el papá (al lado de muchos otros) hizo en esos intensos tres años y en lo que aprendió de ahí.
Creo que se ha dicho hasta la saciedad que Allende era un demócrata, y lo era, pero no sólo por su disposición a defender y difundir los principios liberales de la libertad de expresión o de la tolerancia, sino especialmente porque trató de hacerlos encarnar en los sectores humildes al tiempo que contribuía a que se convirtieran en sujeto social. Precisamente ese talante democrático que se difundió en Chile fue lo que permitió que los más pobres se organizaran y convirtieran en fuerza social.
Y Allende fue solo la cima de la pirámide: el proceso de la Unidad Popular —la acción de estos hombres concretos— y todos sus antecedentes, que arraigan en varias décadas anteriores fue un proceso de hacer realidad la democracia. En su forma, en sus métodos, pero también en su contenido.
El papá fue un simpatizante del MIR y luego un militante del Partido Socialista. Pero especialmente fue un militante de este proyecto de volver sujetos a los más pobres. Y fue un militante comprometido hasta la médula (cada vez más), de todos los días, de todo su esfuerzo, en sus esperanzas, en sus expectativas. En este proyecto, además, estableció continuidad y comunicación con el mismo esfuerzo, esperanzas y expectativas del abuelo Eduardo que por un compromiso similar arriesgó su vida y se convirtió finalmente en exiliado.
No sobra decir que el marxismo del papá y sus convicciones socialistas fueron un producto de este proceso, no un antecedente. Su marxismo estuvo más que en la doctrina en el talante de Marx. Primero, en el compromiso de Marx con los más pobres, y segundo en su crítica lapidaria de la doble moral, de los discursos que argumentan el bien común para defender intereses pequeños, que está detrás de todos sus textos. Esa sintonía fundamental lo llevó a leer con gusto a Marx y a tratar de entender y luego enseñar la teoría marxista.
Estos tres años de acción política fueron para el papá (y para mucha gente) como una vida completa. Fueron intensidad, concentración, significaron colocar sus cinco sentidos en entender y actuar. Fueron aprender a situarse en este mundo y entenderlo, conocer cómo es la gente en su sentido más profundo y escondido, darle un sentido a la vida. También fue entregar todo lo que podía entregar. Más de una vez me dijo que era como si el tiempo se hubiera acelerado. Cada día pasaban cosas nuevas y planteaba nuevas situaciones que había que entender, y él estuvo en un lugar privilegiado en cuanto información, discusión y análisis: el comité central del Partido Socialista y su escuela de cuadros. El papá se recorrió Chile de Arica a Punta Arenas. Conoció mucha gente, habló, dictó cursos, escuchó, aprendió. Unas pocas veces tuve el privilegio de acompañarlo y ver con mis propios ojos lo que la gente de poblaciones, del campo o de algunas fábricas hacía, pensaba, discutía. Muchas veces me hizo comentarios sobre discursos, titulares de prensa, comentarios de televisión, actitudes de diferentes personas. Nunca fueron superficiales o de chismografía.
De su experiencia salió un gran aprendizaje y una profunda convicción. Lo más profundo y más firme de él salió de acá.
Se podría hablar tanto de este proceso… pero finalmente creo que el aprendizaje fundamental, la certeza más profunda, estuvo en qué se puede esperar de las personas, dónde está nuestra capacidad de confrontar, discutir, entender y tomar decisiones en común, que precisamente por esto (por ser tomadas en común, por acogernos) nos comprometen, son propias y nos obligan a hacerlas respetar. Y el gran descubrimiento: esa capacidad no está ni solo ni principalmente en los más cultos, en los más informados, en los más inteligentes, en los más estudiados. Está en todos y, especialmente, en los más pobres (cuando se abren las puertas, cuando se crean los canales). Este descubrimiento y esta certeza, probada por tres años que se vivieron como si fueran treinta, no es una idealización de los pobres. También los más pobres, cuando no se abren esas puertas, cuando se bloquean esos canales, se pueden volver los más salvajes, los más inhumanos, los más autoritarios e intransigentes. Y por eso es tan valioso encontrar en la gente del común esos valores y ese compromiso con los demás, aunque la sociedad no los deje aflorar y desarrollarse y les mande permanentemente el mensaje de que son y deben ser animales.
El papá tuvo el privilegio de haber vivido tanto esa experiencia como su aplastamiento, y en ese sentido tuvo un doble aprendizaje.
Y esto es la clave para entender quién fue esa persona que volvió a Colombia en 1973. Derrotada aplastantemente, con convicciones profundas, firmes y fundadas en una intensa experiencia, y también con la sensación de que hay mucho por hacer. Otros exiliados cuando salieron buscaron vínculos con los que se quedaron, establecieron lazos entre ellos en el exterior, realizaron todo tipo de actividades (de propaganda, de financiación); de cierta forma buscaron “continuar la lucha”. Y hubo también otros que, renunciando o no formalmente a su sello ideológico, dieron un vuelco radical a lo que había sido su vida, abandonando u olvidando sus antiguas convicciones. A diferencia de los primeros, creo que el papá llegó con la convicción de que en los términos en que se había planteado, esa lucha no era posible de ganar; y creo que llegó también con la convicción de que la tarea indispensable de pensar las cosas de otra manera estaba más allá de su capacidad. Pero a diferencia de los segundos el papá llegó con unas convicciones muy profundas, que rebasaban el sello ideológico del marxismo, que lo llevaron a ser muy firme en sus posiciones políticas, hasta su muerte. Creo que esta combinación de convicción férrea (que jamás se confundió en él con dogmatismo) y de impotencia política, le llevó a relajarse en términos de sus posibilidades de acción y lo llevó a proponerse disfrutar lo que la vida nos da, al tiempo que asumía con absoluta rigurosidad la vida académica. Sus clases fueron el camino que encontró para darle curso a estas convicciones de una forma útil. No es por casualidad que hiciera clases hasta último momento.
Los tres hermanos menores conocieron parcialmente a este papá. A un tipo en el que coexistían características importantes pero (aparentemente) no relacionadas: rigurosidad académica ejemplar, hedonismo, control estricto de los asuntos de plata (para precisamente poder disfrutar la vida).
La historia que debería seguir acá sería la de su salida de Chile, su llegada e instalación en Armenia. Había pensado contar lo poco que sé de Patricia Montti, la mamá de los gemelos, y de Rosa Falla, la mamá de Diego, y quizás un poco de mi mamá. También mencionar cuál fue la reorientación de la vida del papá, quiénes fueron sus amigos y adversarios, qué lugar ocupan aquí sus escritos, sus estudios, su actividad académica como profesor o conferenciante, a qué se dedicó sus últimos años de actividad intelectual, que tuve el privilegio de compartir.
Pero hasta aquí llego en este blog. Espero organizar una página web con parte de la información que recuperé del computador del papá, dirigida más bien a sus exalumnos y colegas de la Universidad. Estoy a disposición de quien quiera saber algo más del papá desde mi perspectiva, pero si sucede será a través del contacto directo. Álvaro y Emilio me han hecho saber que lo escrito ha sido importante para ellos y esa es mi mejor recompensa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario